sí mismo en aras de un ideal. Un primer grado de generosidad es compartir con los
demás aquello que es nuestro: poner a disposición de los demás nuestras pertenencias,
ayudar económicamente a una persona necesitada, etc. En este sentido, la generosidad
está emparentada con el desprendimiento.
Pero el hombre verdaderamente generoso va
más allá de la donación de las cosas: llega hasta la donación de sí mismo, de su tiempo,
de sus facultades, de su persona. Solamente el hombre generoso puede vencer la fuerza
centrípeta del egoísmo, que busca todo para sí.
El hombre generoso sabe realizar aquel don sincero de sí que constituye la quintaesencia
de la madurez. Es maduro quien no sólo recibe, sino da, quien se da a sí mismo.
Por eso para llegar a la verdadera madurez es necesario pasar por la generosidad. Aunque los egoístas podrían parecer tener más oportunidades
de gozar de la vida, he visto sin embargo que son personas profundamente amargadas,
llenas de temor por el futuro, de perder sus posesiones o su felicidad. Los generosos,
en cambio, son más felices cuanto más dan.
Generoso fue Abraham con Dios, cuando
dejó su tierra para ir hacia aquella otra que le indicaba el Señor. Generosa fue María con
su sí incondicional a la propuesta del ángel. Generoso fue Cristo que en la cruz murió
completamente desnudo de todo lo humano, porque nos lo había dado absolutamente
todo en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Generosos son los laicos que cooperan
con medios materiales y con su tiempo a la construcción de la Iglesia. Generoso
quien perdona y olvida las ofensas recibidas. Generoso es quien sabe perderse a sí mismo
para encontrarse en Dios.
De modo especial me impresiona la generosidad de todos esos jóvenes, chicos y chicas,
que abandonan sus proyectos de vida, sus ilusiones, la posibilidad de fundar una familia,
de formar un hogar, de disfrutar los bienes materiales, para seguir la voz de Cristo
que susurra en sus conciencias esta invitación dulce y fuerte: Sígueme. Ellos ofrecen a
Cristo todo lo que son y lo que poseen, poniéndolo al servicio del Reino de Dios. La
grandeza de este acto de generosidad consiste en que ellos se donan a sí mismos totalmente
por amor, renunciando a otros bienes para dedicarse con exclusividad a seguir a
Cristo por los caminos que Él los quiera conducir. Sé que ustedes aprecian este acto de
generosidad que se esconde detrás de cada hombre o mujer que se consagra a Dios.
Ojalá que, siempre que les sea posible, ayuden a otras personas a valorar este acto degenerosidad para crear un ambiente positivo en torno a aquellos que sientan en su alma
la llamada de Dios. En muchas ocasiones, a la dificultad de la renuncia total se añade la
de un ambiente hostil que no comprende la vocación sacerdotal y religiosa, haciendo todavía
más difícil una opción que de suyo ya lo es mucho. Tengo también en mucho
aprecio el acto de generosidad de los padres de aquellos a quienes Dios llama a su servicio.
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