sábado, 2 de julio de 2011

La Verdad, el Amor, el Bien nuestros camino a la perfección Humana.

La verdad y el bien son indubitablemente los dos puntos de referencia u horizontes más grandiosos del humanismo cristiano. Todos amamos natural y necesariamente la verdad; nos humilla la ignorancia o el sentirnos engañados. Apetecemos natural y necesariamente el bien, y evitamos el mal cuanto podemos, Las dos facultades específicamente humanas, la inteligencia y la voluntad, se definen por estos dos términos, a los que están trascendentalmente ordenadas: la verdad y la bondad, que se implican trascendentalmente, como la voluntad y el entendimiento.
"La voluntad y el entendimiento -afirma Santo Tomás- se incluyen mutuamente, pues el entendimiento entiende a la voluntad y la voluntad quiere que el entendimiento entienda".
Existir, vivir, entender, amar, gozar son evidentemente cinco ámbitos de realización perfectiva del hombre, en infinidad de grados, que se presuponen o complementan. Se goza con lo que se ama; se ama lo que se conoce; para conocer es necesario vivir; y vivir es un modo de existir. Dicho al revés: hay cosas que existen y no viven; hay cosas que viven y no entienden; hay cosas que entienden sin amar; y cosas que aman sin gozar. ¿Qué prioridad de dignidad o nobleza se da en estos grados de perfección en el hombre?.
La llamada a la perfección es ley de vida para todos los hombres, a la que todos aspiran naturalmente. Los cristianos la tienen como precepto evangélico fundamental: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" ( Mt. 5, 48).
La capacidad de trascenderse a sí mismo con el pensamiento, el amor y las esperanzas, es la manifestación más patente de la grandeza del hombre. Por eso se le invita: conócete a ti mismo; sé magnánimo de corazón; ama si quieres se amado; sé sincero y practica la lealtad; sé misericordioso y procura la paz. Son las derivaciones naturales de una actitud coherente sobre el presupuesto fundamental de la verdad y la bondad. Pablo VI abogaba por una civilización del amor. Juan Pablo II urgio que la solidaridad entre los hombres y las naciones esté fundamentada en el reconocimiento de la dignidad de la persona y la inviolabilidad de sus derechos naturales, que son no sólo el reconocimiento del derecho a nacer y a vivir en paz, sino también el derecho a poder cumplir los deberes para con Dios. Estos reconocimientos constituyen la verdad del hombre sobre sí mismo y sobre su bien completivo, amistosamente comunicable a los demás hombres. La Verdad es el mayor bien del hombre, y, como él, ha de tener dimensión social; ha de comunicarse con veracidad. Y la mayor donación de amor o de caridad será dar a conocer la verdad. "Yo para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad" (Jn. 18, 37). El programa de perfección religiosa que señalaba Santo Tomás era justamente ese: contemplari et comtemplata aliis tradere (contemplar y comunicar a los demás lo contemplado, II-II, 188, 6).

                        

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